Lo que olemos, lo que vemos, lo que escuchamos y sentimos… forma parte de lo que nos rodea. De esa forma, pasa a ser parte también de nuestros recuerdos, de lo que vivimos en un momento dado.
Resulta interesante por lo tanto pensar cómo puede darse esa relación, qué puede significar… ¿se podría, por ejemplo, usar esa relación para estimular cognitivamente a las personas mayores?
La respuesta en realidad es clara: sí. Cada vez son más los estudios que muestran cómo podríamos llevarlo a cabo.
Veamos este tema en un poco más de profundidad. Cuanto mejor lo comprendamos, más lo podremos poner en práctica. Te sorprenderás de cómo incluso la calidad de vida de las personas mayores podría llegar a mejorar.
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Aunque al principio pueda parecer que la relación entre ambas no es demasiado significativa, la realidad es otra. Al fin y al cabo, pongámonos a reflexionar. Piensa en un recuerdo que tengas, por ejemplo, de tu infancia. Éste estará marcado por lo que vieras, lo que escucharas… pero a menudo es el gusto o el olfato lo que va a cargar esos recuerdos de significado.
Cierra los ojos, y trata de recordar el olor del cocido que te hacía tu madre, o el sabor de la paella que cocinaba tu abuela. Piensa en el olor del jabón que comprabais en casa, o el tacto de las toallas recién lavadas.
Según envejecemos, no obstante, vamos perdiendo capacidad sensorial. Tenemos más problemas para degustar ciertos alimentos, o nos cuesta más identificar ciertos olores.
Esto puede afectar a la calidad de vida. Puede incluso afectar a nuestros hábitos alimenticios, disminuyendo el apetito o, mejor dicho, las ganas de comer.
Todo esto es posible porque hay una relación clara entre los sentidos, como por ejemplo la sensibilidad olfativa, y funciones cognitivas. Puede incluso afectar al estado de ánimo. Esto se da porque hay conexiones de las estructuras cerebrales (como las estructuras olfativas), la amígdala y el córtex orbitofrontal.
Es por eso por lo que, estimulando los diferentes sentidos, podemos llegar a estimular otras muchas funciones cognitivas más de lo que podemos llegar a imaginar.
En primer lugar, recordemos la importancia de adaptar la estimulación a la persona, y no del revés. Aunque podamos darte pistas de cómo llevar a cabo esta estimulación, es importante tener en cuenta a la persona que tenemos delante.
En primer lugar, será relevante pensar la capacidad sensorial que tiene la persona. Si tiene una menor sensibilidad gustativa, por ejemplo, usar alimentos con sabores excesivamente suaves no aportará demasiado.
Además, se ha demostrado indudablemente que nuestras preferencias y expectativas afectan a los resultados de lo que llevemos a cabo. Si la actividad resulta interesante o placentera para la persona mayor, podremos lograr mucho más. Por ello, aparte de hablar con la persona y que ésta acceda a ello, será importante conocerla bien: ¿qué olores disfruta? ¿cuáles le desagrada? ¿recuerda algún color, sabor, olor… que le transporte a un lugar o momento determinados? Etc.
Entendido todo esto, podemos atender a la estimulación sensorial en función del sentido que estemos trabajando. Así, podemos hacer varios tipos de estimulación sensorial: